Mientras mastica lentamente un ayer ya amargo, hecha un vistazo a través de la ventana de sus memorias, alarga la mirada hasta posarla en una frágil telaraña, en la que una vez más, ha quedado atrapado un suspiro. Se revuelve, aletea tratando de escapar del asfixiante abrazo de la sedosa trampa. Y él tan sólo lo mira secarse al sol.
Finalmente muere. Se acerca para desprenderlo, lo enrolla con el tabaco de su cigarro, lo enciende y lo consume, dejando que sus restos se dispersen entre el humo de cada segundo muerto.
Tiene un sabor extraño la melancolía.
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